diumenge, 8 de desembre de 2013

LA FORJA DE UN REBELDE - La ruta

En aquest segon llibre Barea ens relata la seva experiència en els quatre anys (del 1920 al 1924) que va fer el servei militar destinat al Marroc, aleshores en Guerra, com a sergent on va participar en 81 operacions militars i va rebre dues condecoracions.
Al 1924 deixa l'exèrcit i passa a la reserva com a oficial.

En aquests anys que es refereixen, va haver de viure episodis d'una gran violència i extrema crueltat que sens dubte el van marcar per la resta de la seva vida.

Desastre
Las unidades del ejército español en Marruecos iban a la batalla sin medio alguno de orientación. Se mandaba a los hombres al frente, y se dejaba a su instinto el averiguar hacia dónde avanzar y sobre todo cómo regresar a sus bases; y unidad tras unidad se perdían en la noche. 
(...)
Yo no puedo contar la historia de Melilla de julio de 1921. Estuve allí, pero no sé dónde; en alguna parte en medio de tiros de fusil, cañonazos, rociadas de ametralladoras, sudando, gritando, corriendo, durmiendo sobre piedra o sobre arena, pero sobre todo vomitando sin cesar, oliendo a cadàver, encontrando a cada nuevo paso un muerto, más horrible que todos los vistos hasta el momento antes.

També ens relata les condicions precàries en què es trobaven les tropes, perduts enmig del no res, patint tota classe de privacions:

El blocao
Blocaos, como entonces los conocíamos, eran barracas de madera, de unos seis metros de largo por cuatro de ancho, protegidas hasta la altura de un metro y medio por sacos terreros y muy raramente por plancha de blindaje, y rodeadas por alambre de espino.
(...)
En un rincón había una lata de petróleo. Más tarde me contaron la historia: los hombres la usaban para orinar, porque si no tenían que salir afuera. Cuando los ataques del enemigo eran muy frecuentes, la usaban para todo. Cuando la lata estaba llena, tenía que vaciarla fueraa de la alambrada el que le tocaba el turno. Esto, frecuentemente, provocaba un tiro, algunas veces una baja, y entonces se perdía la lata. 

En aquella guerra es va començar a significar el personatge que més tard esdevindria l'artífex de la Guerra Civil, em refereixo com és evident a Franco, que ja demostrava el seu caràcter hostil i despietat.

El embrión de dictador
El Tercio es algo así como estar en un presidio. Los más chulos son los amos de la cárcel. Y algo de eso le ha pasado a ese hombre [Franco]. Todo el mundo le odia, igual que todos los penados odian al jaque más criminal del presidio, y todos le obedecen y le respetan, porque se impone a todos los demás, exactamente como el matón de presidio se impone al presidio entero. (...) Hay muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalda a Franco, pero ninguno de ellos tiene el coraje de hacerlo. (...)
-¿Franco? Créeme, es un poco duro ir con Franco. Puedes estar seguro de tener todo a lo que tienes derecho, puedes tener confianza que sabe dónde te mete, pero en cuanto a la manera de tratar... Se le queda mmirando a un fulano con unos ojos muy grandes y muy serios y dice: -“Que le peguen cuatro tiros” 
“Y da media vuelta y se va tan tranquilo. (...) Además es un solitario. Yo creo que todos los oficiales le odian, porque los trata igual que a nosotros [la tropa] y no hace amistad con ninguno de ellos”. 

I Barea emmalalteix, no l'han ferit, però degut al seu greu estat es fa necessari ingressar-lo i malgrat que com ell mateix diu, el fet de ser sergent a Ceuta suposa que pertany a una relativa "classe social" ho fa en un hospital que no té les mínimes condicions sanitàries, on davant la indiferència de les autoritats militars i sanitàries és fàcil acabar deixant la vida i ens ho descriu en un breu relat.

El hospital
Un soldado de sanidad entró y comenzó a marchar de cama en cama. Ponía un termómetro en la boca del enfermo, lo dejaba allí un rato, lo sacaba, lo frotaba con un trapo, lo ponía en la boca del inmediato. Escribía algo en la cabecera de cada cama. Otro ordenanza le seguía con un cubo vacío y otro lleno. Vaciaba las jarras de porcelana de cada mesilla de noche en el primero y las llenaba sumergiéndolas en el segundo.

Però què és la guerra? Com la viuen els soldats? Sens dubte ells no han triat anar a lluitar i molt menys en una terra tan hostil.
Saben realment per què lluiten, per què estan exposant la seva vida, què és el que defensen? No són voluntaris, no han vist amenaçada la seva casa o la seva família; aleshores, què hi fan allà?

Los soldados españoles en Marruecos se hacían la misma pregunta. No podían evitar el intentar entendrer por qué se encontraban en África y por qué tenían que arriesgar sus vidas. Los habían hecho soldados a los veinte años; los habían destinado a un regimiento y los habían mandado a África a matar moros. Hasta aquí, su historias era la misma de todos los soldados que son movilizados por una ley y mandados al frente de batalla. Pero en este punto comenzaba su historia puramente española.
(...)
Lo que un soldado ve de una guerra puede compararse con lo que un actor ve de un film en el que toma parte. El director le dice que se coloque en un lugar determinado, que haga determinados gestos, que diga determinadas palabras. Le pone en un campo y le hace repetir una secuencia de frases y de gestos; diez veces le hace abrir la puerta de la sala que no tiene más que tres paredes, y besar la mano de la senyora de la casa. Cuando el actor ve la película terminada, difícilmente se reocnoce a sí mismo y tiene que forzarse para reconstruir mentalmente las escenas que repitió un sinnúmero de veces. El actor así llega a tener dos distintas impresiones: una es parte de su propia vida y consiste en una serie de posturas, de maquillajes, efectos de luz, ensayos y repeticiones, de órdenes del director de escena. La otra serie de impresiones se produce cuando ve la pelícukla terminada, en la cual ya ha dejado de ser él mismo y es una personalidad distinta, es parte de un argumento, es una persona con una vida artificial que depende de la forma en la cual las escenas que és interpretó se encadenan con las escenas que ejecutaron otros. 
(...)
Una de las cosas que me impresionaban profundamente era el hambre de tantos reclutas; la otra, su ignorancia. Entre los hombres de algunas regiones, el analfabetismo llegaba al ochenta por ciento. 

I després de totes les les vicissituds viscudes, posa fi a la seva etapa al Marroc i ho fa amb unes reflexions fruit de tot el què ha pogut observar i patir al llarg d'aquells anys:

Marruecos es la mayor desgracia de España, un negocio desvergonzado y una estupidez inconmensurable al mismo tiempo. Yo he estado allí [a primera línia] dos años, y que me digan a mí qué es lo que civilizamos nosotros, los soldados, mejor dicho, la clase de soldados que se manda a Marruecos, son la gente más miserable e inculta de España, tan incivilizados como los moros. O más. ¿A qué los mandan a Marruecos? A matar y a que los maten. Marruecos es bueno sólo para los oficiales y para los contratistas. 




I una reflexió final, a raó del llibre que està llegint, que podia ser un al·legat per la pau, ens deixa el cor encongit.

Adiós a las armas
El día que se termine Marruecos, habrá que encontrar otra guerra para los generales o, si no, la inventarán ellos. Y si las cosas se ponen muy mal, acabarán haciéndose la guerra entre ellos mismos, igual que hace cien años.

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