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Grafit a Sabadell |
Eichkamp, és una localitat de Berlín, on els pares i el mateix autor van viure, tal com ell mateix ens relata:
A decir verdad, Eichkamp
tan solo es un recuerdo para mí. (…) Eichkamp no fue para mí ningún paraíso, ni
mi niñez, un sueño acogedor. Eichkamp solamente fue el lugar donde crecí en
tiempo de Hitler y quiero volver a verlo para hacerme por fin idea de cómo eran
las cosas con él.
Llegir aquestes reflexions m'han dut a la meva infantesa en una barriada trista de la Barcelona de postguerra, que, sense tenir res a veure amb la que ens descriu en Horst, sí que conserva el regust del pas del temps, dels records, potser un tant o molt distorsionats, que també després de molts anys, un bon dia vaig voler tornar a evocar en una visita:
¿Qué es el tiempo? ¿Qué es
el recuerdo? ¿Cómo puedes estar haciendo otra vez todo esto, igual que si
tuvieras catorce años?
Però no m'apartaré del relat:
Eichkamp, era el mundo de
los buenos alemanes. (…) Eichkamp era un pequeño universo de color verde. ¿Qué
podría querer Hitler de este sitio?
Contràriament al que va passar a casa nostra en què, tot i que una part important de la població va sentir-se representada per la dictadura, una altra, també prou important, defensors i/o simpatitzants de la República, va trobar-se humiliada, perseguida i en moltes ocasions brutalment reprimida. A l'Alemanya de l'època, es va rebre la irrupció de Hitler al capdavant de la política, com a quelcom positiu, gairebé com un alliberador:
Mi primer recuerdo de
Hitler es de alborozo. Lo lamento, porque hoy los historiadores ven las cosas
de otra manera, pero yo al principio solamente escuchaba vítores.
(...)
También mis padres lo creyeron hasta el final. Octubre de 1944.
(...)
Al igual que Hitler, mi
madre tenía “sensibilidad artística i era católica en cierta manera”.
Practicaba un catolicismo personal e indefinible: espiritual, nostálgico y
embarrullado.
(...)
Mi padre no hizo carrera
con los estudios. Como para tantos alemanes, su oportunidad le vino con la
guerra. No es que fuera militarista, de hecho, era una persona pacífica y de
buen corazón, pero la guerra lo facilitó todo.
(...)
Su cargo era su mundo, y el
cielo, su esposa. Y, en esa época, ella estaba leyendo “Mi lucha", era católica
en cierta manera y, “aunque solo por un tiempo", se hizo “política”.
Ja veiem que està descrivint una família representativa d'una certa classe social que sense poder arribar a considerar-se burgesa sí que pertanyia a una raonablement acomodada classe mitjana:
“Chusma” era la palabra
favorita de mis padres para todos los que estaban por debajo de nosotros:
obreros, personal de servicio, mendigos y los afiladores.
(...)
Mi madre nunca llevaba toca
azul ni acarreaba palanganas de acá para allá. (…) Nunca supe cuál era su
dolencia, pero solía valerle la ayuda de sirvientas que olían a sudor, costaban
treinta marcos al mes, tenían los antebrazos gordos y blandos y, por lo general,
acababan despedidas de manera “fulminante” -como decían mis padres- al cabo de
cuatro o cinco meses. Siempre se quedaban embarazadas, y de pequeño, asociaba
el embarazo con el olor a sudor.
(...)
Mis padres tenían muy claro
lo que estaba arriba y abajo. No estaba escrito, solo se dejaba percibir por
los sentidos. Los de abajo eran chusma, y los de arriba, inalcanzables.
I el protagonista, el relator d'aquesta història, tot i que va tenir un adolescència contestatària, fins i tot amb petites incussions revolucionàries, ha acabat acomodant-se al sistema, fins el punt que és cridat a testificar contra el seu antic company Wanja:
Es la primavera de 1941 y nuestro
país vive arrebatado por un último frenesí de victoria y entusiasmo.
(...)
Soy un soldado alemán y me han llamado desde
Francia para testificar contra Wanja. Me han hecho acudir directamente desde
Caen.
(...)
Ahí está mi Diablo, ahí está mi pizca de locura y
ya no da señales de vida. Lo han capturado y yo estoy en el lado de los libres
y de los vencedores. Soy uno de ellos, llevo su uniforme y su pabellón. Qué
temeroso, cauto y juicioso he sido siempre, y qué miserable me siento ahora.
Però, i amb el pas dels anys, què li diu la consciència?:
Voy de camino al juicio de Auschwitz, para
esclarecer el mito en mi interior. Quiero sentarme y escuchar, ver y observar.
(...)
No me alisté voluntariamente en los paracaidistas,
me destinó la Luftwaffe. Pero ¿y si me hubieran destinado a Auschwitz? (…)
Habría llegado al campo siendo soldado y ese uniforme sería mi oportunidad de
seguir vivo… Y, por Dios, ¡yo quería sobrevivir!
(...)
¿Cómo se puede volver a ser un ciudadano de bien,
probo y aplicado, después de Auschwitz? ¿Cómo lo han hecho?¿Qué tendrán que
decir médicos, psicólogos y psiquiatras al respecto? Ninguno de los acusados ha
vuelto a “salir de la norma”. Todos han conseguido rehacer sus vidas y sus
hogares, labrar una carrera y convertirse en ciudadanos respetados y meritorios
de sus comunidades, prósperos y capaces.
Hubo una guerra que los alemanes y Hitler perdieron y su derrota restauró el orden del mundo.
En un interessant Epíleg, ens confessa l'autor:
Escribí este libro en el invierno de 1964 a 1965 y
se publicó en 1966. (…) Pero ¿lo escribí realmente? ¿No se escribió solo? Fue
un comienzo, una partida, un primer intento de liberación personal.
(...)
Mis propios recuerdos no comenzaron a aflorar
lentamente hasta ese otoño de 1964. Cuando un escritor asiste a un juicio,
¿puede acaso identificarse con alguien que sea el acusado? (…) Por atroces que
fueran los hechos vistos en el juicio, no pude dejar de preguntarme: “¿Y tú?
¿Qué habrías hecho de tú de haber ingresado por azar en la burocracia de los
campos de exterminio? ¿Existen los asesinos natos? ¿No son todos producto de la
sociedad? ¿Qué habrías aceptado en silencio? ¿En qué medida te habrías hecho
culpable? Verdaderamente, para convertirse en asesino hay que cruzar un umbral,
pero ¿dónde habría estado exactamente colocado tu límite?”. Me enjuicié;
mirando atrás, también fue una causa contra mí.
(La revisió està datada a Francfort del Meno,
marzo de 1976) quan l'autor tenia 57 anys
La casa herida
Horst Krüger
Epílogo de Martin Mosebach
Traducción de Virginia Maza
268 páginas
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